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«Gracias a Dios, no renunciaron a Cristo para salvarse del Estado Islámico»: las familias egipcias


Fifi Soleiman hablaba cada día con su padre, Magued Suleiman. “Era la única de mis hermanos que me comunicaba con él a diario. La última vez que hablamos fue el 1 de enero (jueves). Le llamé tres veces. En la última, me dijo que quería hablar con mis hermanos y mi madre, pero yo no estaba en casa y no pudo. El viernes por la mañana me llamó pero no tenía el teléfono cerca... aun espero a que me vuelva a llamar. El sábado de madrugada, entraron mientras dormían y se los llevaron. Les llamaron por su nombre”.

Cuando el ISIS difundió su último vídeo del horror, las lágrimas empezaron a inundar Al Aur, un pueblo campesino de la provincia egipcia de Minia. 

No en vano, 14 de sus habitantes, todos cristianos coptos, aparecían en el film con el infame traje naranja con el que el grupo fundamentalista viste a quien va a ser degollado. Esta vez fue en Libia, país al que tradicionalmente acuden cientos de miles de egipcios como mano de obra. Se gana más dinero y hay más trabajo.

Ihab Saif, de 23 años, volvió a casa para pasar la Navidad una semana antes de que sus compañeros y amigos fuesen secuestrados por la rama libia de ISIS. Llevaba un año y medio trabajando en la construcción, de peón, en la ciudad de Sirte. “No encontré otra manera de ahorrar para poder comprar una casa y formar una familia”, cuenta a El Confidencial a la puerta de la única iglesia de Al Aur mientras los vecinos siguen rezando a sus muertos.

Jornaleros, no siempre cobrando
Como miles de inmigrantes procedentes de toda África, Ihab y sus colegas se reunían cada mañana en un punto concreto de la ciudad esperando a que les viniesen a buscar para trabajar. Algunos días les contrataban, otros no. Algunas jornadas sacaban 50 dinares (32 euros), otras 80. En cualquier caso, mucho más de lo que se gana en Egipto, donde la mayoría de trabajadores no llega a los 100 euros mensuales. 

“Pero a veces los libios para quien trabajábamos no nos pagaban. Decían, ´estáis en Libia y os podemos disparar así que no os vamos a pagar´”, recuerda Ihab.

El 3 de enero empezó la odisea. Militantes del autodenominado Estado Islámico, en expansión en Libia, entraron en el edificio donde se hospedaban las víctimas. Se llevaron a 20 egipcios coptos y a un inmigrante subsahariano de madrugada. Había más gente, pakistaníes y de otras nacionalidades, recuerda Ihab, pero fueron a por los cristianos. En Al Aur, pronto comprendieron la magnitud de la tragedia. 

“Durante los 40 días del secuestro, en el pueblo rezamos y lloramos a Dios para que se mantuvieran cristianos hasta el final. Gracias a Dios, nos escuchó”,  dice el padre Makar, párroco en la iglesia de Santa María.


Propuesta de icono de estilo copto para los 21 Mártires de Egipto o Mártires de la Playa: trajes naranjas, túnica roja -la sangre derramada-, la playa, las coronas de martirio, uno de ellos es subsahariano, algunos con barba, otros más jóvenes, rojo sobre el agua...

El Gobierno, ineficaz en el secuestro
Durante el secuestro, el Gobierno egipcio aseguró que hacía todo lo posible por encontrar a los suyos y enfatizó en la importancia de la lucha contra el terrorismo. Las familias se reunieron con representantes del Ministerio de Exteriores. Fifi no está nada satisfecha con Badr Abdellaty, portavoz del ministerio. Dos días antes del vídeo con las decapitaciones, Abdelaty les dijo, según Fifi, “tengo otro trabajo, no tengo tiempo para dedicarme a vuestro problema”. Así se lo contó la joven a un canal de televisión durante una entrevista, pero el portavoz apareció en el mismo canal negándolo. “Lo dijo y no le tengo miedo, debe dimitir”, exclama Fifi.

Las televisiones egipcias no tienen dudas éticas, como en occidente, y muestran sin reparo las imágenes difundidas por el ISIS. 

Las familias ven el final de los suyos por televisión.

Shenouda, de 15 años, observa cómo decapitan a su padre Tawadros, quien llevaba un año y seis meses trabajando en Libia sin descanso. Sin volver ni una vez a casa. “Quiero enviar un mensaje a Daesh (acrónimo despectivo para el ISIS): ¡sois unos cobardes!Si fueseis valientes no os cubriríais las caras”, les dice el joven. “No les puedo describir como hombres”.

El pueblo se llena de muestras de solidaridad. Jeques, párrocos, políticos, periodistas y vecinos desfilan hacia la pequeña iglesia, convertida durante esta semana en un velatorio donde solo faltan los muertos

Bombardeos y aviones caros
Pocas horas después de la difusión de las ejecuciones, Egipto empezó a bombardear posiciones del ISIS en Libia. 

Casualmente, el lunes se hizo oficial en El Cairo la compra de 24 aviones de combate Rafale a Francia, dentro un paquete armamentístico valorado en más de 5.000 millones de euros. 

El presidente Sisi se fotografió a pie de pista mientras sus cazas despegaban rumbo a Libia para luchar contra el terrorismo y anuncia que el ejército se desplegará por todo Egipto por “seguridad y protección”.

"Si hubieran apostatado, no les habríamos dejado volver"
Las familias, entre tanto, se muestran orgullosas de los suyos, a quienes consideran mártires. Todas coinciden en señalar la importancia de que no se hayan convertido al Islam para intentar salvarse.
Mariam Malik, esposa de Magued Suleiman y madre de Fifi, asegura que ISIS les ofreció la conversión 11 veces. “Si hubiesen dejado la cristiandad y hubiesen vuelto con vida, no les hubiésemos dejado entrar en casa, pero gracias a Dios no lo hicieron”, cuenta orgullosa. En Egipto, ya seas cristiano o musulmán, la religión es lo primero.

Al Aur tendrá una nueva iglesia. Se llamará ´Iglesia de los Mártires de la Fe y la Nación´ y la construirá el ejército por orden presidencial. Las familias, además, recibirán 100.000 libras (unos 11.500 euros). Son las medidas que se han tomado para aliviar el dolor por sus seres queridos. 

El padre Makar, muy diplomático, se muestra agradecido. “Damos las gracias al presidente Sisi por su preocupación, ha demostrado ser el padre de todos los egipcios”, dice.

Aun así, en el pueblo seguirán los problemas estructurales. Al Aur, como tantos otros,seguirá siendo esa población de calles sin asfaltar lleno de jóvenes y mayores sin trabajo, y ahora sin la posibilidad de ir a Libia. Además, tendrá 14 habitantes menos. 

“Mi padre era un buen hombre. Me dejó ir al instituto y luego a la universidad. Siempre nos decía que estudiásemos mucho y no nos preocupásemos por el dinero. Nunca pensé que le podría perder algún día”, dice Fifi con la mirada perdida.

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