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Terrorismos

El autor de esta nota:
Padre Pedro Trevijano
Con motivo del aniversario de la matanza terrorista de Madrid del 11 de marzo, en muchas ciudades españolas se han celebrado actos de homenaje a las víctimas. Es indudable que la postura de la Iglesia y de los católicos es y debe ser en contra del terrorismo y de los que intentan aprovecharse de él, y así se ha pronunciado la Iglesia en múltiples ocasiones. Como ejemplo de ello voy a dar una sola cita del documento Valoración moral del terrorismo en España, de nuestra Conferencia Episcopal. Dice así: “El terrorismo merece la misma calificación moral absolutamente negativa que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente, prohibida por la ley natural y por el quinto mandamiento del Decálogo” (nº 12).

En los últimos años y más especialmente en los últimos meses, ha adquirido fuerza la amenaza terrorista yihadista. Me pareció muy bien la gran reacción que hubo ante la matanza de los periodistas de Charlie Hebdo, con multitud de gente y cantidad de jefes de Estado y de Gobierno en la manifestación de París. Pero al mismo tiempo no puedo sino lamentar la enorme indiferencia y el silencio ante la persecución musulmana y sus continuas matanzas de cristianos en Irak, Siria, Libia, Nigeria, Malí y otros países que pasan totalmente desapercibidas, y es que al fin y al cabo, son cristianos, es decir gente no políticamente correcta y muchos de ellos encima pobres, por los que no vale la pena molestarse.

En la misma línea de indiferencia están los ancianos, gente que, al fin y al cabo, ya ha vivido suficiente, según piensan o mejor dicho rebuznan algunos. Hay partidos que van a llevar la eutanasia en su programa electoral, con lo que van a conseguir que suceda aquí lo mismo que en Holanda, donde la eutanasia es legal y muchos ancianos, ante las muy frecuentes eutanasias sin o contra la voluntad del enfermo, llevan una tarjeta que dice: “Si caigo enfermo que no me lleven a un hospital”.

Personalmente, no tengo ningún interés en ir a un hospital donde no sé si van a tratar de curarme o de matarme y como yo sospecho lo mismo le sucede a la mayoría. Pero se trata de un crimen progre y por tanto digno de alabanza.

En esta enumeración de distintos terrorismos, no puedo sino recordara las víctimas de la droga, algunos de ellos fueron alumnos míos, pero a los que la heroína y unos traficantes sin escrúpulos no les ha importado truncar sus vidas.

Está también el aborto, del que supongo es ya el mayor genocidio de la Historia. No es un derecho, como opina gente que ha perdido el sentido moral, sino un crimen horrible (cf. Gaudium et Spes nº 51). Cuando hace unos días vi como la gente se horrorizaba ante el aviador jordano quemado vivo, no pude por menos de pensar que nuestros fetos son quemados vivos con líquidos salinos o descuartizados. Supongo que por opinar así debo ser un salvaje retrógrado sin solución lejos del pensamiento actual. Tampoco puedo olvidar a las madres, muchas de ellas engañadas y casi siempre sin haber logrado la ayuda que necesitaban, que con el aborto han destrozado sus vidas.

Por último quiero hacer referencia a esos investigadores seudocientíficos que creen que la investigación no tiene por qué tener cortapisas morales. Pienso concretamente en aquéllos que han investigado con células madre embrionales y no les preocupaba matar embriones y nos acusaban a los creyentes de ir contra el progreso científico. Pero la Providencia de Dios existe y hoy está claro que la investigación con células madre embrionales no lleva a ningún sitio, mientras la investigación con células madre no embrionales no es ya una esperanza, sino una de las realidades de la Medicina actual. 

Y es que como nos dice Jesús en su discusión con los saduceos sobre la resurrección: “Y a propósito de la resurrección de los muertos ¿no habéis leído lo que os dice Dios: ‘Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos” (Mt 22,31-32). Por ello siempre es preferible que el día de nuestro encuentro con Dios hayamos defendido la vida, que no estemos manchados de sangre inocente y por ello estoy también convencido que las víctimas de todos estos terrorismos gozan de una especial benevolencia de Dios.

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