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Milad Jibrael, cristiano iraquí en Bartala: «Si tengo que morir defendiendo esta iglesia, lo haré»



"Aterrorizados y en las barricadas, los cristianos de la ciudad iraquí de Bartala se sienten atrapados, a merced de los insurgentes sunitas que controlan la cercana ciudad de Mosul, y abandonados por el gobierno federal": así describe la agencia Afp la situación en esta localidad de 30.000 habitantes a 20 km al norte de Mosul, la segunda ciudad de Irak caída ya en manos de los terroristas de ISIS, en plena ofensiva que el gobierno de Bagdad apenas puede contener para impedir que la capital caiga.

A finales de esta semana, Bartala sólo cuenta para su defensa con algunos soldados del ejército, 600 cristianos y los peshmergas, las fuerzas kurdas. Enfrente, los yihadistas de ISIS (Islamic State of Irak and Syria, Estado Islámico de Irak y Siria) son más numerosos, están entrenados y su moral es de victoria tras sus espectaculares avances de las últimas semanas en cuatro provincias del país. Consideran "infieles" a los cristianos de Bartala y a los refugiados de Mosul que han llegado hasta allá, y ese calificativo significa la muerte.

Morir por defender el templo
"Al gobierno le importamos un bledo, hemos visto cómo el ejército ha huido y nos ha dejado abandonados a una muerte cierta", declara Saba Yussef, una mujer que ha acogido a su suegra, escapada por poco de Mosul: "Ahora nos encomendamos a nuestros guardianes, a los peshmergas y a Dios, porque no tenemos verdadera protección ante los insurgentes que llegan".
Esos guardianes saben, sin embargo, que tienen poco que hacer. Milad Jibrael es uno de ellos, y junto con su amigo de la infancia Tahrir Munir han decidido combatir hasta el final: "Para ser sinceros, tenemos miedo. Sabemos que si el ISIS decide venir, tomarán la ciudad entera. Yo me quedaré aquí pase lo que pase. Si tengo que morir defendiendo esta iglesia, lo haré", afirma a las puertas de la parroquia de Santa María. Los cuatro templos cristianos de Bartala están protegidos por barricadas y en disposición de resistir cuanto se pueda antes de entregar la casa de Dios al saqueo y destrucción de los islamistas. 
Un fusil apoyado sobre un fresco del Buen Pastor. Muchos darán la vida para que no sea profanado.

Estos guardianes cristianos y los peshmergas kurdos controlan las entradas de la ciudad, y aunque están pobremente armados, no se rendirán. La población por ahora se mantiene en sus casas, salvo una veintena de familias que sí han escapado.
Malos presagios
Bernadette Bustros dejó Mosul con su marido y sus cinco hijos cuando los terroristas campaban ya por su barrio, y aguarda ahora acontecimientos en Bartala: "Estábamos tan aterrorizados que empezamos el viaje a pie". Su familia es un ejemplo del calvario de los cristianos desde 2003: "Hace años que nuestra situación es desastrosa. Dos de mis hermanos fueron secuestrados en 2008. A uno lo liberaron, a otro lo mataron. Y ahora estamos atrapados en medio de un conflicto que no nos concierne", como es el que enfrenta a la facciones chiíta y sunita. "Sufrimos la opresión del gobierno y la violencia de los insurrectos, y no tenemos a dónde ir", añade, encendido, su hermano.

Por su parte Munir, el amigo de Milad Jibrael, dispuesto a todo a las puertas de la iglesia, no es optimista al juzgar el pasado reciente de su país: "Hemos tenido un dictador, un dirigente confesional y ahora los insurgentes. Dudo que pueda entreverse un buen futuro para Irak".

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